Esperanza cree que en este punto comenzó a evidenciarse la negligencia de la justicia en su caso, pues aunque hizo una denuncia, las autoridades no hicieron nada; solo la citaban para conciliar. “Quise creer en la justicia, pero nunca llegó. Allí empezó mi quebrantamiento”, recuerda Esperanza, mientras evoca cómo tuvo que hacer frente a sus clientes, buscando la forma de devolver a cada uno de ellos los pagos que habían hecho; en este proceso, Esperanza entregó prácticamente todos sus bienes y recursos, esfuerzos que fueron en vano pues no logró completar la totalidad del dinero que debía.

Otro punto de quiebre en la vida de esta mujer se dio cuando la Fiscalía le indicó que todos sus empleados eran cómplices del delito que se le imputaba. El trato que la Fiscalía le ofreció para que estas personas no fueran a parar a la cárcel era  que  aceptara los cargos. Su abogado también le recomendó aceptar cargos para evitar que la condena fuera más larga pues, aun en el escenario más optimista, ella sería declarada culpable. 

LA DESPEDIDA

Esperanza decidió preparar con antelación a su madre, una mujer de la tercera edad, pues sabía que eran altas las probabilidades de “ir a parar tras las rejas”. Intentó ser muy clara frente a la situación que se avecinaba para que, el día en el que sucediera lo inevitable, el golpe fuera menos duro para ella y para los suyos; sin embargo, ninguna clase de preparación es suficiente cuando la posibilidad de ir a la cárcel se transforma en realidad.

Un día como cualquier otro, Esperanza se encontraba haciendo diligencias en compañía de su madre y una amiga. Al llegar a su vivienda, no le permitieron ingresar su carro al parqueadero; el personal de seguridad le dijo: “Doña Esperanza, no puede entrar el carro porque hay un problema en la administración”. Al subir al apartamento algo en su corazón le avisaba que el día había llegado; la incertidumbre y el temor se apoderaron de ella. El citófono sonó, la voz al otro lado le dijo que la buscaba la Policía Nacional por atropellar a una persona; en aquel momento las piezas se juntaron y Esperanza comprendió que había llegado el momento de su detención.

Con su madre de 82 años y su amiga sentadas en la sala, Esperanza pronunció las palabras que había ensayado tantas veces en su mente: “Madre, creo que llegó el momento, creo que hoy llegaron por mí”.  Desde ese instante todo rastro de valor en ella se esfumó y de los ojos de las tres mujeres brotaron lágrimas. En aquel momento, según comenta Esperanza, su mundo se derrumbó. Ver a su madre destrozada fue uno de los momentos más duros de su vida pues nada se compara al dolor que siente una madre por el sufrimiento de sus hijos.

Su madre quiso acompañarla hasta el último instante que tuviera de libertad, por lo que ambas bajaron tomadas de la mano para hacerle frente a la situación. A la pregunta “¿Qué pasa?”, formulada por Esperanza, la respuesta que recibió por parte de los uniformados fue “estamos verificando las placas del carro, porque hay un accidente y parece que está involucrado ese vehículo”. Mientras Esperanza respondía: “Yo no he hecho nada”, llegaron varios oficiales más, entre ellos un oficial de la Seccional de Investigación Judicial (SIJIN), quien dijo: “Esperanza Bustamante, queda detenida”, mientras mostraba una orden judicial. En ese momento Esperanza les manifestó a los policías que “no necesitaban hacer tanto teatro”, pues ella sabía que iban por ella y en ningún momento trató de esconderse.

El momento de la despedida llegó, el último abrazo con su madre en condición de libertad fue un instante que Esperanza atesoraría como la fuente de su fortaleza para sobrellevar los cinco años de prisión intramural que le esperaban. Subió a un taxi con el corazón quebrantado por dejar sola a su madre ante las miradas de los vecinos. Por esa misma razón pidió no ser esposada en aquel lugar, pues temía que su madre pudiera ser objeto de discriminación. 

El camino a la estación de policía fue largo y lleno de sentimientos, los cuales lograron hacerse más llevaderos gracias a que le fue permitido hablar con su madre durante todo el trayecto. Al día siguiente acudió a la presentación de los cargos por parte de la Fiscalía. Esperanza entendió desde ese momento que en la vida no hay nadie, ni amigos ni familia, solo le restaba valerse por sus propios medios: “La familia, por vergüenza, suele retirarse; lo único que me quedó fue una viejita de ochenta y pico de años”.